I
Viví mis primeros treinta y cuatro años sabiendo que no hay palabra para designar al padre que pierde un hijo. El dramatismo que la gente suele imprimir a la frase, que de tanto decirla ha terminado por convertirse en un lugar común con cariz de solemnidad, me convenció de que efectivamente el castellano tenía ese hueco. No obstante, algo ―la intuición tal vez― me decía que no era cierto, que tendría que existir una palabra para cada uno de los objetos, las situaciones, los hechos, los sentimientos y emociones de la realidad que habitamos.
El poeta Juan Gelman, en los poemas dedicados a su hijo asesinado, buscando encapsular el más agudo de los dolores, creó neologismos como "deshijándome"... ¿No existe una palabra que describa este dolor o es el propio dolor el que enmudece al padre "deshijado"?
Frecuentemente
me hundo en estas meditaciones, pero fue una serendipia lo que en definitiva me
permitió salir de la aridez del lenguaje. Un día cualquiera entré a X y leí el
tuit de alguien que comentaba Vivir con nuestros muertos. Recuerdo que
el tuit decía algo más o menos así: en francés como en otras lenguas romance no
existe una palabra para designar al padre que ha perdido un hijo ―volví a pensar en esta
cuestión―, pero la
autora del libro dice que en hebreo sí existe el término que designa al padre
sin hijo: shakul.
Realicé
una breve investigación y el resultado no despega el dedo de la afirmación de
que en castellano, así como en otras lenguas derivadas del latín y griego, no
existe palabra que designe dicha tragedia. Algunas hipótesis señalan que la
razón puede ser la superstición, es decir, evitando nombrar el hecho éste se
ahuyenta; lo natural es que los hijos sobrevivan a los padres, entonces ¿para
qué ocuparse de registrar en el diccionario una palabra que sólo se cubrirá de
polvo? Sin embargo sucede, todos los días un padre o una madre pierde un hijo.
Ahora
bien, que el hebreo tenga la palabra shakul no es fortuito, tiene incluso
reminiscencias bíblicas; allí la expresión “hore shakul” es la lexicalización
cuya traducción más cercana para nosotros es huérfano de hijo, padres
afligidos, padres de un hijo fallecido o sin hijos. Se trata,
pues, no de una palabra sino de un circunloquio, lo cual parece enfatizar que
sí, el idioma no alcanza a encerrar un dolor tan profundo en una palabra. A su
vez, el árabe, lengua a la que debemos muchas hermosas palabras, también posee
esta particularidad: thaakil es el término que refiere al padre huérfano
de hijos. No es extraño que precisamente estas dos culturas, en guerra
constante desde hace siglos, sí tengan nombre para lo innombrable de este lado
del globo.
Shakul contiene ya la implicación de
la inversión del orden natural de las cosas; refiere una aflicción profunda, de
ahí que, con el paso del tiempo y la frecuencia del hecho, se haya tomado para
nombrar esta circunstancia. Por otro lado, este término también tiene una estrecha
relación con el mundo vegetal ―de
hecho, se cree que originalmente shakul pertenecía a este campo semántico―: describe el proceso de
una rama de la vid que ya ha sido vendimiada y está sin fruto, pero la savia
sigue circulando por la vid aunque le falte esa rama, lo cual simboliza la
pérdida y la ausencia ―aquí
podemos apreciar en todo su esplendor la sublimidad de la palabra.
Alguien respondió, al tuit referido líneas arriba, con superior tono aleccionador, que el castellano no tiene tal vacío lingüístico porque el latinajo orbatus se refiere al padre sin hijos ―la palabra tiene facha de cultismo. Así, en nuestro idioma, el padre cuyo hijo murió se adjetivaría como orbado. Orbatus es el participio pasado del verbo orbāre, cuyo significado es privar o despojar, y éste proviene de orbus: huérfano o desposeído de padres o hijos. Orbatus describe a alguien o algo “despojado”, “privado de” o “desprovisto”. Por ende, mi intuición lingüística fue acertada: el castellano sí tiene una palabra para designar al padre con un hijo fallecido. No estoy tan segura de que sea un cultismo, más bien creo que es una palabra omitida deliberadamente porque llama a la desgracia.
II
La colombiana Piedad Bonnett es una
de mis poetas favoritas, también es narradora y además perdió un hijo a causa
del suicidio. Los poemas en los que expresa este dolor me estremecen; leer Lo
que no tiene nombre me cambió incluso la perspectiva de la maternidad. Esta
crónica novelada es el grito desgarrador de una madre que debe aprender a
habitar el dolor de la pérdida. Piedad Bonnett, como tantas otras, es una vid
cuya rama fue mutilada.
Del
libro me llamó la atención el título: Lo que no tiene nombre; cinco
palabras a falta de una, la precisa, para nombrar. Al mismo tiempo la frase nos
da la idea de que no es una omisión o una negación (lo innombrable), sino una
afirmación. Es decir, “lo que no tiene nombre” designa sin designar,
simplemente señala algo que existe pero no se nombra porque carece de nombre
(como en el pasaje de Cien años de soledad que dice más o menos así: y
señalaban todas las cosas con el dedo porque el mundo era tan nuevo que muchas
cosas carecían de nombre). Desde luego el título también alude al tabú: lo que
no se dice para ocultarlo, porque nombrarlo es incómodo.
Ya
Borges nos advertía en el cuento “El disco” de la dualidad de las cosas de este mundo;
bajo esta lógica, tenemos lo que tiene nombre y lo que no lo tiene. ¿Por qué
habrá cosas sin nombre? Quizá por supresión del lenguaje, aunque me temo que se
debe, la mayoría de las veces, a nuestra incapacidad de nombrar las cosas por
pudor o miedo. El ser humano tiende a regirse por el miedo, sobre todo por el
miedo al qué dirán, y no es tonto pensarlo, pues si alguien descubre nuestras
debilidades, no perdería la oportunidad de flechar nuestro talón de Aquiles.
Retomando el hilo, la crónica de Piedad Bonnett, cuyo tema central es el suicidio de Daniel Segura Bonnett, su hijo, a causa de la esquizofrenia, hace hincapié en la tendencia a no nombrar para ocultar; si no se dice no existe. La sociedad se esfuerza en señalar a todo aquel que es distinto, no hay tolerancia para quien se sale del molde y, precisamente pensando en la hostilidad, la familia Segura Bonnett creyó que lo mejor era no decir que Daniel padecía una enfermedad mental que lo consumía poco a poco. Nombrar era equivalente a etiquetar, es decir, a encasillar a Daniel en adjetivos como enfermo, loco, trastornado, esquizofrénico, los cuales, por supuesto, describían su estado de salud, pero se entiende que la preocupación de la familia fuera la carga semántica negativa que se imprime a estos adjetivos. Un enfermo mental es considerado incapaz de siquiera sostenerse a sí mismo, sobre él recaen todos los estigmas posibles para enfatizar su diferencia.
III
Pienso entonces en el gran poder de
las palabras, en lo absoluto de nombrar. Y pienso también en el subestimado
poder del silencio. La frontera se mueve a capricho, no obstante es más pesado
el plomo de la palabra: designar, nombrar, verbalizar; al final, se trata de
poner en palabras nuestra experiencia vital.
Adenda
El 13 de septiembre, mientras
reflexionaba sobre el asunto y escribía este ensayo, murió mi tío Julio, mi
abue se convirtió en shakul, thaakil; en términos del poeta Juan Gelman, en
deshijada. Para mí sigue siendo mi abue, para mi madre su madre y
simultáneamente es una madre afligida por la muerte de su hijo. Sus ojos son
caudalosas cascadas con algunas treguas pactadas por el ritmo de la
cotidianidad. Ante su dolor y mi incapacidad de consolarla, pienso que
efectivamente para esta circunstancia no hay nombre.
Nancy Hernández García

